Mostrando entradas con la etiqueta [premios]. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta [premios]. Mostrar todas las entradas

12 abril 2011

XI BIENAL ESPAÑOLA DE ARQUITECTURA Y URBANISMO









Un edificio de 131 viviendas, otro sostenible, 22 viviendas sociales, un centro deportivo y un PGOUM son los ganadores de la XI Bienal Española de Arquitectura y Urbanismo ...y todos tienen en común la integración en el paisaje, tanto urbano como natural ..enhorabuena!

Anatxu Zabalbeascoa en su blog "Del tirador a la ciudad" ha preguntado a diversos arquitectos sobre el fallo del jurado de la XI Bienal...aquí va el texto íntegro...

"Un grupo de arquitectos dispares valora, brevemente, los premios de la Bienal de este año. No se trata de enmendar la plana al jurado, sino de valorar los resultados. La idea es opinar para tratar de mejorar. Se trata de discutir, nominalmente, lo que se habla en los corrillos anónimos de internet. Cuando uno se responsabiliza de sus opiniones éstas pueden y deben considerarse más. No todo tiene que ser gritos e insultos. La información de actualidad en internet sirve para dialogar también.
  A modo de guía, las preguntas remitidas a los arquitectos fueron las siguientes:
¿La gran mezcla de premiados pretende ser reflejo de lo que ocurre o indicar un camino?
¿Debe un premio valorar la variedad o marcar una línea de actuación?
 ¿Hay ausencias notables?
¿Es real el amiguismo que, anónimamente, le atribuyen en la red y en los corrillos no solo a esta sino en general a las bienales? ¿Si así lo considerarais, qué hacer para combatirlo?
 Y estas han sido sus respuestas:


Victoria Acebo y Ángel Alonso:
Nube de Premios
Seguramente las Bienales de Arquitectura Española sean un buen testigo de la sociedad y circunstancias políticas del bienio que representan y resulta interesante detectar como la X y la XI BEAU se desmarcan de la trayectoria establecida por sus predecesoras. Ambas bienales, coetáneas del Tuenti, se preocupan por destacar un mayor número de obras. Este camino que inicia la edición anterior, es confirmado ahora a través de la proliferación de nuevas categorías y premios, menciones, reconocimientos especiales, finalistas, pre-finalistas y seleccionados que complacen con una línea de curriculum a casi 400 obras. Se forma así un panorama feliz y difuso, difícil de analizar para los expertos y complicado de transmitir a la sociedad, una nube de premios que evita destacar de una manera clara a los ganadores y deja abierto el camino al “I like- I don´t like”.
                                                                                                                           
Fredy Massad:
¿La gran mezcla de premiados pretende ser reflejo de lo que ocurre o indicar un camino?
¿Debe un premio valorar la variedad o marcar una línea de actuación?

Aunque trate de pretender ser un reflejo amplio del panorama de la arquitectura en España en este momento y el resultado de unas decisiones que no han sido condicionadas por los gustos del jurado, la lista de premiados parece ser más bien un intento de complacer a todo el mundo y forzar la apariencia de una actitud abierta e inclusiva. Creo que esto termina siendo un arma de doble filo, ya que hoy más que nunca es preciso que los arquitectos definan sus posiciones en relación a su acción en presente y hacia el futuro. Las supuestas buenas intenciones de esta lista de premiados producen una sensación de laxitud ideológica, de que para el jurado todo posee el mismo valor. Frente a buenas intenciones de pluralidad es indudablemente necesario que un jurado defina con claridad y sin ambigüedades sus criterios, sus posiciones de reflexión, porque de otro modo estas dinámicas seguirán llevándonos a un punto de parálisis o a un callejón sin salida.
¿Hay ausencias notables?
Seguramente hay ausencias notables y presencias innecesarias. Para mí, el tema fundamental es que las decisiones finales en estas convocatorias siempre acaban siendo aleatorias. Me parece bastante elocuente que Clotet compare en el acta del jurado este tipo de galardones con una competición deportiva. Personalmente, creo que se asemejan más a los concursos de belleza, donde siempre se premia con autocomplacencia a lo superficial, y casi siempre aportando una escasa o nula carga propositiva para el debate de la situación arquitectónica.
¿Es real el amiguismo que anónimamente le atribuyen en la red y en los corrillos no solo a esta sino en general a las bienales? ¿Si así lo considerarais, qué hacer para combatirlo?
Instintivamente siempre se percibe algo alarmante en lo que se jacta de estar envuelto de pluralidad, apertura …y que se arroga (¿auto-sobrevalorándose?) la capacidad de señalar un nuevo paradigma. En este caso, se pretendía esa apertura y diferencia de esta bienal respecto a otros premios de arquitectura a través de su presencia en las redes sociales, para acabar comprobándose con decepción que los resultados finales no han diferido en absoluto de lo mismo de siempre.
Las críticas vertidas en la red deben tenerse en cuenta por cuanto son una evidencia del hastío contra el sistema de premios, contra el sistema de la exposición mediática de la arquitectura…, todo el sistema que preserva un funcionamiento jerárquico que trata de acomodar y homogeneizar el pensamiento y dinámicas críticas de la arquitectura. Las críticas vertidas son en gran medida una expresión de reacción contra este estado y la manifestación por una necesidad de credibilidad.
Para romper con esas dinámicas de amiguismos o excesivas complicidades de las que son sospechosos algunos premios, bienales…tal vez sea necesario cambiar las reglas con las que se conforman los jurados: es evidente que una selección discrecional de los miembros de un jurado genera una situación de compromisos que hace más o menos sumisos a determinados dictámenes tácitos (a menudo relacionados con la necesidad de sostener cadenas de pleitesías y favores) a esos miembros, coartando una auténtica pluralidad y libertad crítica para que formulen sus decisiones.

Ángela García de Paredes e Ignacio García Pedrosa:
¿La gran mezcla de premiados pretende ser reflejo de lo que ocurre o indicar un camino? Sucede que los premiados han presentado obras proyectadas y construidas en años anteriores, dados los tiempos largos de la arquitectura, sin embargo estas se enjuician con los criterios actuales. En los premiados de la XI Beau hay una voluntad de señalar obras que encajan con reflexiones del presente sobre economía ajustada.
¿Debe un premio valorar la variedad o marcar una línea de actuación?Debe valorar la calidad intrínseca de la arquitectura, no comparativa, por lo que la variedad surge naturalmente.
¿Hay ausencias notables?La generación de arquitectos mas internacionales, “mayores”, no aparece en esta bienal. Ellos no presentan sus obras y considerando la Bienal como una muestra de arquitectura española exportable, quizá no se entienda esta ausencia desde fuera.
¿Es real el amiguismo que anónimamente le atribuyen en la red y en los corrillos no solo a esta sino en general a las bienales? ¿Si así lo considerarais, qué hacer para combatirlo?
En todos los premios existe una acusación latente de parcialidad, y ahora se hace visible por las redes que ya han cambiado cuestiones tan importantes como las relaciones sociales y políticas provocando hasta caídas de gobiernos. Entre 750 obras es comprensible tender a la seguridad de lo conocido que a los valores por descubrir. Quizá sea bueno introducir algún jurado mas alejado de los entresijos arquitectónicos de nuestro país.
 ¿Son las bienales eventos para que los arquitectos más jóvenes se den a conocer? Sin duda sí. Si bien las nuevas generaciones de arquitectos ya “descubiertos” aparecen reflejadas en la selección, es difícil para arquitectos jóvenes con talento y dedicación, desde el anonimato mediático, ser seleccionados en estas multitudinarias bienales. Abrirse camino en estas condiciones es casi cuestión de azar. La crítica “constructiva” para futuras bienales, sería la necesaria depuración de la selección de pre finalistas para que no sea una selección de equipos con varias obras sino un conjunto mas plural de los equipos presentados.

Manuel Bailo y Rosa Rull:
Nos gusta participar en los premios de arquitectura.
Nos gusta la variedad. Nos gusta jugar.
No nos gusta juzgar los juicios de los jurados.
Nos gustan los jurados de arquitectura que valoran la excelencia
Nos gustan los jurados generosos.
No nos gustan los jurados politizados.
Nos gustan los jurados de arquitectos que juzgan la arquitectura.
No nos gustan los jurados con mensaje popular.

Emilio Tuñón:
La Bienal Española de Arquitectura Española ha estado históricamente organizada por un conjunto de administraciones, universidades, fundaciones y organizaciones profesionales, de muy diferente carácter. Este aglomerado de instituciones diversificadas ha permitido, desde el punto de vista organizativo y económico, celebrar los diferentes eventos ligados a la BEAU garantizando una cierta continuidad desde hace veintidós años.
Sin embargo esta condición diversa de los organizadores conlleva, desde su origen, una cierta confusión instrumental entre una convocatoria que debería cumplir con unos mínimos valores democráticos de igualdad de oportunidades,  con un desarrollo que se basa en el nombramiento, por parte del comité organizador, de unos directores y un jurado, siempre todos ellos de reconocido prestigio, que proceden en la selección de finalistas, y la concesión de los premios, de acuerdo “a su buen saber y entender”.
Los resultados de la BEAU XI se deben encuadrar dentro de este modo de proceder que da a los directores y al jurado una  autonomía similar a la que tienen otros comisarios de otras bienales de arte o arquitectura en el mundo, con sus correspondientes responsabilidades, sus aciertos y sus errores.
En general es más fácil estar de acuerdo con una selección cuanto más amplia es. En ese sentido las primeras selecciones de los proyectos realizadas en las primeras fases de trabajo de esta BEAU XI, muestran muy diferentes formas de hacer la arquitectura, y una gran diversidad de autores  que llevan adelante una arquitectura de gran interés.
Es evidente que el jurado de la BEAU XI ha hecho una selección de finalistas concretos y ha concedido unos premios a los proyectos que, desde su criterio colectivo,  son los mejores. Y también es evidente que si el jurado hubiera sido otro los resultados habrían sido, sin ninguna duda, diferentes... Por ello es natural, y en absoluto es reprochable, la manifestación de algunos sobre las supuestas ausencias, pues los resultados de esta BEAU XI, como de cualquiera de las anteriores, sólo suponen un reflejo de una parte de la realidad encuadrado por una forma de ver que, en el caso de las BEAU, unas veces tiene carácter más panorámico y otras veces más focalizado.

Carlos Quintáns:
Hay premios con jurados-mezcla y otros en los que alguien puede decidir una cierta homogeneidad de sus miembros; la realidad dice que luego esto puede permitir resultados distintos a los que se pudiesen pensar. En el jurado-mezcla puede resultar ganado alguien al que no le hubiese adjudicado el premio ninguno de los miembros del jurado. Los jurados numerosos pueden ser inesperados y los pequeños predecibles (hemos visto jurados unipersonales), quizás podría definirse un nº adecuado de miembros del jurado . 
Existen premios que plantean una orientación previa a través de unos postulados y que intentan mostrar la realidad desde una óptica muy concreta,  evidentemente son validos lo mismo que quien pueda plantear una mirada limpia para ver lo que pueda encontrar. Parece que cuando el premio tiene un comisario debe llevar asociada una mirada que le es propia, no creo que un comisario pueda ser llamado para que cambie su criterio, 
Los premios varían a lo largo de las distintas convocatorias y por eso su riqueza.
En todos los premios hay ausencias notables por la rapidez con la que se deben tomar las decisiones o por que no se puedan conocer las obras visitándolas. La existencia de varios  premios puede ofrecer miradas distintas y deberían entenderse como una oportunidad para la celebración después de un duro trabajo y la confrontación elimina la parte festiva que debe llevar."

31 marzo 2011

SOUTO DE MOURA, PRITZKER 2011








Desde hace unos cuantos años, Souto de Moura entraba en nuestras quinielas particulares cada vez que se acercaba la fecha del Pritzker...y por fin se lo han concedido!. De él hemos visto exposiciones, conferencias, firmado libros y hasta hemos compartido copa de vino..un premio merecidísimo a un gran arquitecto que nunca levanta la voz y que es un fiel exponente de la calidad arquitectónica que hay en nuestro querido pais vecino.
Nuestro homenaje va dedicado a modo de contraportada de aquel libro suyo que se editó en 2003 y que nos acompañó durante muchos proyectos..
..."A ambos lados del muro
Delfín Rodríguez

La editorial Electa acaba de publicar un volumen sobre el portugués Souto de Moura con el que sus autores, Antonio Esposito y Giovanni Leoni, reconcilian la buena arquitectura con la nostalgia de las imágenes.
Así, como un refugiarse en la arquitectura como oficio, como materia del espacio y del construir, de las cosas y del habitar, entiende Souto de Moura (Oporto, 1952) su quehacer, atento a «la inaudita nostalgia de las imágenes», en la que W. Benjamin encontrara un rincón de «sombras breves», texto bellísimo e inacabado que como los edificios del arquitecto portugués parece estar siempre escribiéndose o construyéndose. Aunque es menos conocido, pertenece a una poderosa e influyente trilogía de arquitectos del vecino país –la constituida por F. Távora, A. Siza y el propio Souto de Moura– que algunos han querido identificar con una supuesta escuela de Oporto y en la que se niegan a ser identificados, por mucho que en esa ciudad hayan levantado edificios memorables y que habiten en el mismo estudio, tres casas de artista reunidas en una construida por el propio Siza, en la rúa do Aleixo. No es la primera vez que esto ocurre. Ya Ledoux proyectó una para dos amigos artistas inseparables.
Filigrana invisible
Y, ciertamente, una especie de filigrana casi invisible vincula la obra de estos tres arquitectos, aunque sus poéticas individuales sean también muy diferentes. Pero una sombra breve cruza por sus arquitecturas como hecho constructivo, como luz, como geometrías levemente fluctuantes, rectas, pero menos; claras, pero suspendidas, como si todo el oficio residiese en pensar los detalles, en leerlos mirando la memoria de otras arquitecturas. Además, a Souto de Moura le gusta Tàpies, Mies o Rossi, pero también Le Corbusier y, sobre todo, los muros, las ventanas y las puertas, lugares o cosas que se alzan sobre el suelo, o lo sobrevuelan, como lienzos y vacíos en los que depositar la luz y cobijar los espacios, los de fuera y los del habitar, los de las cosas y su preciso lugar plástico. De los muros, dice que «hoy son trozos de piel, materia necesaria para cualquier operación plástica. Los muros hoy están desapareciendo, son una especie mineral en vías de extinción» y reclama su permanencia, su recuperación, porque son «nuestra casa». Sabe que Italo Calvino hizo decir a su barón rampante que cuando se levanta un muro siempre hay que pensar en lo que queda fuera. Souto de Moura lo hace, pero también en lo que aparece y se revela dentro, en lo que guarda el muro, en los rincones de sombras breves de lo interior. Por eso ata muros y volúmenes a la luz, al paisaje y se cuida con mimo de las ventanas y las puertas, de los umbrales, de los lugares de transición de la luz y de las sombras. Sabe que Benjamin, en el texto mencionado, había escrito que la luz del mediodía empuja a las sombras hacia contornos netos, precisos, y así levanta muros y arquitecturas, cuidando la piel, la textura, su materia.
En beneficio de la transparencia
Ocurre en muchas de sus casas, convencido de que siempre está construyendo la misma, su idea de la casa, atento a los materiales y a su capacidad de ordenar la arquitectura, siguiendo sus consejos, midiendo el espesor del muro, sabiendo que es como un velo de niebla, como si la arquitectura aún necesitase del «aura» que es habitual considerar que ha desaparecido, que debe desaparecer, en beneficio de la transparencia, de la desmaterialización, de la indiferencia ante el paisaje o la geografía, de la libertad para la técnica, mientras que al arquitecto portugués la reclama para el hombre y el habitar, empezando siempre de nuevo, sabiendo que la ventana o la puerta son el lugar de la penumbra, el verdadero lugar del oficio del arquitecto y de la arquitectura, en el que también puede intuirse el material de construcción que soporta la piel de la arquitectura. Casas como la de la Quinta do Lago (Almansil, Algarve, 1989), o la de la travessa do Souto (Moledo do Minho, Caminha, 1998), o la de Serra de Arrábida (Setúbal, 2002), entre otras muchas obras, nos sitúan con claridad en su poesía de arquitecto de oficio, incluso cuando deja suspendidos, en la profundidad del aire, los muros, incluidos los interiores, como en la Galería de Arte de la Praça de Lisboa (Oporto, 1993). Para explicar a Souto de Moura, Antonio Esposito y Giovanni Leoni han hecho un libro bellísimo, editado por Electa, que nos reconcilia con la arquitectura, con la nostalgia de las imágenes."

Felicidades, Eduardo..

16 febrero 2011

PREMIOS DE ANIMACIÓN GOYA 2011

Acaban de concederse los premios Goya al cine español y en el apartado de animación aparecen como premiadas:

Mejor corto de animación: LA BRUXA
Cortometraje algo flojillo en guión y también en calidad de animación pero ayudará a motivar al resto de creadores a que se lancen en el mundo del dibujo animado.


Mejor película de animación: CHICO&RITA
Gran película que lleva impreso el sello de Mariscal en cada fotograma y que narra la historia de una pareja de artistas cubanos que emigran a EEUU.





Aunque la animación española tiene muy buenos dibujantes y ocupan puestos importantes en Pixar, Disney, etc. todavía nos queda mucho camino por recorrer..productores, presupuestos, público..el futuro del cine pasa por la animación, así que pongámonos manos a la obra!

16 enero 2011

MANUEL GALLEGO, ORO DEL CSCAE

A Manuel Gallego le acaban de conceder la medalla de oro del cscae..gran arquitecto, amante de los pequeños detalles y discípulo de Alejandro de la Sota..os dejamos la entrevista que le hicieron hace un tiempo en El Correo de Andalucía porque sintetiza muy bien su pensamiento..

19 diciembre 2010

CASTILLA-LEÓN, PREMIOS VERDES










El pasado jueves 16 de diciembre estuvimos en Valladolid en la entrega de los premios de arquitectura sostenible de la Junta de Castilla y León..interesantes premios en su tercera edición donde la protagonista era la sostenibilidad..o casi..porque los políticos quisieron tener mucha más presencia que los propios premiados con eternas presentaciones de unos y otros repitiendo lo mismo y adornando el acto de simplista verborrea..estamos convencidos de que esta plaga tenderá a desaparecer en la nueva sociedad que se está gestando. Resulta infumable que las intervenciones de los políticos duren tanto o más que las de los artistas invitados, repetimos.. infumable.
En cuanto al acto en si, la conferencia de Andrés Perea fue bastante mediocre a pesar de los proyectos tan interesantes que ha desarrollado en los últimos años y Mathias Sauerbruch presentó una serie de trabajos en Alemania que nos parecen un ejemplo a seguir..de hecho se llevó el premio honorífico 2010.
Entre los arquitectos premiados se encontraban tambien Ruiz Larrea, Pich-Aguilera, Ruiz-Geli, etc. y el resto de los galardonados destacaba por su juventud y deseo de cambio del paradigma actual de la construcción. Todos ellos recibieron un premio diseñado por una asociación de disminuidos físicos rematando una jornada algo desigual pero muy interesante.


11 diciembre 2010

DE LA LOGSE AL PREMIO NOBEL


 © FUNDACIÓN NOBEL 2010
Se concede permiso general para la publicación
en periódicos en cualquier lengua desde el 7 de
diciembre de 2010, a las 17:30 (hora sueca).
La publicación en revistas o libros requiere,
a no ser que se trate de versiones resumidas,
el consentimiento de la Fundación.
En todas las publicaciones de la conferencia
en su totalidad o en su mayor parte es obligatoria
la aparición del copyright subrayado arriba.









Mario Vargas Llosa: Elegio de la lectura y la ficción
Discurso Premio Nobel-7 diciembre de 2010

Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio y permitiéndome viajar con el capitán Nemo veinte mil leguas de viaje submarino, luchar junto a d’Artagnan, Athos, Portos y Aramís contra las intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, o arrastrarme por las entrañas de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas.
La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura. Mi madre me contó que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que leía pues me apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de aventuras.
Me gustaría que mi madre estuviera aquí, ella que solía emocionarse y llorar leyendo los poemas de Amado Nervo y de Pablo Neruda, y también el abuelo Pedro, de gran nariz y calva reluciente, que celebraba mis versos, y el tío Lucho que tanto me animó a volcarme en cuerpo y alma a escribir aunque la literatura, en aquel tiempo y lugar, alimentara tan mal a sus cultores. Toda la vida he tenido a mi lado gentes así, que me querían y alentaban, y me contagiaban su fe cuando dudaba. Gracias a ellos y, sin duda, también, a mi terquedad y algo de suerte, he podido dedicar buena parte de mi tiempo a esta pasión, vicio y maravilla que es escribir, crear una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante y torna la muerte un espectáculo pasajero.
No era fácil escribir historias. Al volverse palabras, los proyectos se marchitaban en el papel y las ideas e imágenes desfallecían. ¿Cómo reanimarlos? Por fortuna, allí estaban los maestros para aprender de ellos y seguir su ejemplo. Flaubert me enseñó que el talento es una disciplina tenaz y una larga paciencia. Faulkner, que es la forma –la escritura y la estructura– lo que engrandece o empobrece los temas. Martorell, Cervantes, Dickens, Balzac, Tolstoi, Conrad, Thomas Mann, que el número y la ambición son tan importantes en una novela como la destreza estilística y la estrategia narrativa. Sartre, que las palabras son actos y que una novela, una obra de teatro, un ensayo, comprometidos con la actualidad y las mejores opciones, pueden cambiar el curso de la historia. Camus y Orwell, que una literatura desprovista de moral es inhumana y Malraux que el heroísmo y la épica cabían en la actualidad tanto como en el tiempo de los argonautas, la Odisea y la Ilíada.
Si convocara en este discurso a todos los escritores a los que debo algo o mucho sus sombras nos sumirían en la oscuridad. Son innumerables. Además de revelarme los secretos del oficio de contar, me hicieron explorar los abismos de lo humano, admirar sus hazañas y horrorizarme con sus desvaríos. Fueron los amigos más serviciales, los animadores de mi vocación, en cuyos libros descubrí que, aun en las peores circunstancias, hay esperanzas y que vale la pena vivir, aunque fuera sólo porque sin la vida no podríamos leer ni fantasear historias.
Algunas veces me pregunté si en países como el mío, con escasos lectores y tantos pobres, analfabetos e injusticias, donde la cultura era privilegio de tan pocos, escribir no era un lujo solipsista. Pero estas dudas nunca asfixiaron mi vocación y seguí siempre escribiendo, incluso en aquellos períodos en que los trabajos alimenticios absorbían casi todo mi tiempo. Creo que hice lo justo, pues, si para que la literatura florezca en una sociedad fuera requisito alcanzar primero la alta cultura, la libertad, la prosperidad y la justicia, ella no hubiera existido nunca. Por el contrario, gracias a la literatura, a las conciencias que formó, a los deseos y anhelos que inspiró, al desencanto de lo real con que volvemos del viaje a una bella fantasía, la civilización es ahora menos cruel que cuando los contadores de cuentos comenzaron a humanizar la vida con sus fábulas. Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos inquietos e insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría. Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que debería ser mejor. Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola.
Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión. Quienes dudan de que la literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión, pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes. Lo hacen porque saben el riesgo que corren dejando que la imaginación discurra por los libros, lo sediciosas que se vuelven las ficciones cuando el lector coteja la libertad que las hace posibles y que en ellas se ejerce, con el oscurantismo y el miedo que lo acechan en el mundo real. Lo quieran o no, lo sepan o no, los fabuladores, al inventar historias, propagan la insatisfacción, mostrando que el mundo está mal hecho, que la vida de la fantasía es más rica que la de la rutina cotidiana. Esa comprobación, si echa raíces en la sensibilidad y la conciencia, vuelve a los ciudadanos más difíciles de manipular, de aceptar las mentiras de quienes quisieran hacerles creer que, entre barrotes, inquisidores y carceleros viven más seguros y mejor.
La buena literatura tiende puentes entre gentes distintas y, haciéndonos gozar, sufrir o sorprendernos, nos une por debajo de las lenguas, creencias, usos, costumbres y prejuicios que nos separan. Cuando la gran ballena blanca sepulta al capitán Ahab en el mar, se encoge el corazón de los lectores idénticamente en Tokio, Lima o Tombuctú. Cuando Emma Bovary se traga el arsénico, Anna Karenina se arroja al tren y Julián Sorel sube al patíbulo, y cuando, en El Sur, el urbano doctor Juan Dahlmann sale de aquella pulpería de la pampa a enfrentarse al cuchillo de un matón, o advertimos que todos los pobladores de Comala, el pueblo de Pedro Páramo, están muertos, el estremecimiento es semejante en el lector que adora a Buda, Confucio, Cristo, Alá o es un agnóstico, vista saco y corbata, chilaba, kimono o bombachas. La literatura crea una fraternidad dentro de la diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez.
            Como todas las épocas han tenido sus espantos, la nuestra es la de los fanáticos, la de los terroristas suicidas, antigua especie convencida de que matando se gana el paraíso, que la sangre de los inocentes lava las afrentas colectivas, corrige las injusticias e impone la verdad sobre las falsas creencias. Innumerables víctimas son inmoladas cada día en diversos lugares del mundo por quienes se sienten poseedores de verdades absolutas. Creíamos que, con el desplome de los imperios totalitarios, la convivencia, la paz, el pluralismo, los derechos humanos, se impondrían y el mundo dejaría atrás los holocaustos, genocidios, invasiones y guerras de exterminio. Nada de eso ha ocurrido. Nuevas formas de barbarie proliferan atizadas por el fanatismo y, con la multiplicación de armas de destrucción masiva, no se puede excluir que cualquier grupúsculo de enloquecidos redentores provoque un día un cataclismo nuclear. Hay que salirles al paso, enfrentarlos y derrotarlos. No son muchos, aunque el estruendo de sus crímenes retumbe por todo el planeta y nos abrumen de horror las pesadillas que provocan. No debemos dejarnos intimidar por quienes quisieran arrebatarnos la libertad que hemos ido conquistando en la larga hazaña de la civilización. Defendamos la democracia liberal, que, con todas sus limitaciones, sigue significando el pluralismo político, la convivencia, la tolerancia, los derechos humanos, el respeto a la crítica, la legalidad, las elecciones libres, la alternancia en el poder, todo aquello que nos ha ido sacando de la vida feral y acercándonos –aunque nunca llegaremos a alcanzarla– a la hermosa y perfecta vida que finge la literatura, aquella que sólo inventándola, escribiéndola y leyéndola podemos merecer. Enfrentándonos a los fanáticos homicidas defendemos nuestro derecho a soñar y a hacer nuestros sueños realidad. 
En mi juventud, como muchos escritores de mi generación, fui marxista y creí que el socialismo sería el remedio para la explotación y las injusticias sociales que arreciaban en mi país, América Latina y el resto del Tercer Mundo. Mi decepción del estatismo y el colectivismo y mi tránsito hacia el demócrata y el liberal que soy –que trato de ser– fue largo, difícil, y se llevó a cabo despacio y a raíz de episodios como la conversión de la Revolución Cubana, que me había entusiasmado al principio, al modelo autoritario y vertical de la Unión Soviética, el testimonio de los disidentes que conseguía escurrirse entre las alambradas del Gulag, la invasión de Checoeslovaquia por los países del Pacto de Varsovia, y gracias a pensadores como Raymond Aron, Jean-François Revel, Isaiah Berlin y Karl Popper, a quienes debo mi revalorización de la cultura democrática y de las sociedades abiertas. Esos maestros fueron un ejemplo de lucidez y gallardía cuando la intelligentsia de Occidente parecía, por frivolidad u oportunismo, haber sucumbido al hechizo del socialismo soviético, o, peor todavía, al aquelarre sanguinario de la revolución cultural china.
De niño soñaba con llegar algún día a París porque, deslumbrado con la literatura francesa, creía que vivir allí y respirar el aire que respiraron Balzac, Stendhal, Baudelaire, Proust, me ayudaría a convertirme en un verdadero escritor, que si no salía del Perú sólo sería un seudo escritor de días domingos y feriados. Y la verdad es que debo a Francia, a la cultura francesa, enseñanzas inolvidables, como que la literatura es tanto una vocación como una disciplina, un trabajo y una terquedad. Viví allí cuando Sartre y Camus estaban vivos y escribiendo, en los años de Ionesco, Beckett, Bataille y Cioran, del descubrimiento del teatro de Brecht y el cine de Ingmar Bergman, el TNP de Jean Vilar y el Odéon de Jean Louis Barrault, de la Nouvelle Vague y le Nouveau Roman y los discursos, bellísimas piezas literarias, de André Malraux, y, tal vez, el espectáculo más teatral de la Europa de aquel tiempo, las conferencias de prensa y los truenos olímpicos del general de Gaulle. Pero, acaso, lo que más le agradezco a Francia sea el descubrimiento de América Latina. Allí aprendí que el Perú era parte de una vasta comunidad a la que hermanaban la historia, la geografía, la problemática social y política, una cierta manera de ser y la sabrosa lengua en que hablaba y escribía. Y que en esos mismos años producía una literatura novedosa y pujante. Allí leí a Borges, a Octavio Paz, Cortázar, García Márquez, Fuentes, Cabrera Infante, Rulfo, Onetti, Carpentier, Edwards, Donoso y muchos otros, cuyos escritos estaban revolucionando la narrativa en lengua española y gracias a los cuales Europa y buena parte del mundo descubrían que América Latina no era sólo el continente de los golpes de Estado, los caudillos de opereta, los guerrilleros barbudos y las maracas del mambo y el chachachá, sino también ideas, formas artísticas y fantasías literarias que trascendían lo pintoresco y hablaban un lenguaje universal.
De entonces a esta época, no sin tropiezos y resbalones, América Latina ha ido progresando, aunque, como decía el verso de César Vallejo, todavía Hay, hermanos, muchísimo que hacer. Padecemos menos dictaduras que antaño, sólo Cuba y su candidata a secundarla, Venezuela, y algunas seudodemocracias populistas y payasas, como las de Bolivia y Nicaragua. Pero en el resto del continente, mal que mal, la democracia está funcionando, apoyada en amplios consensos populares, y, por primera vez en nuestra historia, tenemos una izquierda y una derecha que, como en Brasil, Chile, Uruguay, Perú, Colombia, República Dominicana, México y casi todo Centroamérica, respetan la legalidad, la libertad de crítica, las elecciones y la renovación en el poder. Ése es el buen camino y, si persevera en él, combate la insidiosa corrupción y sigue integrándose al mundo, América Latina dejará por fin de ser el continente del futuro y pasará a serlo del presente.
Nunca me he sentido un extranjero en Europa, ni, en verdad, en ninguna parte. En todos los lugares donde he vivido, en París, en Londres, en Barcelona, en Madrid, en Berlín, en Washington, Nueva York, Brasil o la República Dominicana, me sentí en mi casa. Siempre he hallado una querencia donde podía vivir en paz y trabajando, aprender cosas, alentar ilusiones, encontrar amigos, buenas lecturas y temas para escribir. No me parece que haberme convertido, sin proponérmelo, en un ciudadano del mundo, haya debilitado eso que llaman “las raíces”, mis vínculos con mi propio país –lo que tampoco tendría mucha importancia–, porque, si así fuera, las experiencias peruanas no seguirían alimentándome como escritor y no asomarían siempre en mis historias, aun cuando éstas parezcan ocurrir muy lejos del Perú. Creo que vivir tanto tiempo fuera del país donde nací ha fortalecido más bien aquellos vínculos, añadiéndoles una perspectiva más lúcida, y la nostalgia, que sabe diferenciar lo adjetivo y lo sustancial y mantiene reverberando los recuerdos. El amor al país en que uno nació no puede ser obligatorio, sino, al igual que cualquier otro amor, un movimiento espontáneo del corazón, como el que une a los amantes, a padres e hijos, a los amigos entre sí.
Al Perú yo lo llevo en las entrañas porque en él nací, crecí, me formé, y viví aquellas experiencias de niñez y juventud que modelaron mi personalidad, fraguaron mi vocación, y porque allí amé, odié, gocé, sufrí y soñé. Lo que en él ocurre me afecta más, me conmueve y exaspera más que lo que sucede en otras partes. No lo he buscado ni me lo he impuesto, simplemente es así. Algunos compatriotas me acusaron de traidor y estuve a punto de perder la ciudadanía cuando, durante la última dictadura, pedí a los gobiernos democráticos del mundo que penalizaran al régimen con sanciones diplomáticas y económicas, como lo he hecho siempre con todas las dictaduras, de cualquier índole, la de Pinochet, la de Fidel Castro, la de los talibanes en Afganistán, la de los imanes de Irán, la del apartheid de Africa del Sur, la de los sátrapas uniformados de Birmania (hoy Myanmar). Y lo volvería a hacer mañana si –el destino no lo quiera y los peruanos no lo permitan– el Perú fuera víctima una vez más de un golpe de estado que aniquilara nuestra frágil democracia. Aquella no fue la acción precipitada y pasional de un resentido, como escribieron algunos polígrafos acostumbrados a juzgar a los demás desde su propia pequeñez. Fue un acto coherente con mi convicción de que una dictadura representa el mal absoluto para un país, una fuente de brutalidad y corrupción y de heridas profundas que tardan mucho en cerrar, envenenan su futuro y crean hábitos y prácticas malsanas que se prolongan a lo largo de las generaciones demorando la reconstrucción democrática. Por eso, las dictaduras deben ser combatidas sin contemplaciones, por todos los medios a nuestro alcance, incluidas las sanciones económicas. Es lamentable que los gobiernos democráticos, en vez de dar el ejemplo, solidarizándose con quienes, como las Damas de Blanco en Cuba, los resistentes venezolanos, o Aung San Suu Kyi y Liu Xiaobo, que se enfrentan con temeridad a las dictaduras que sufren, se muestren a menudo complacientes no con ellos sino con sus verdugos. Aquellos valientes, luchando por su libertad, también luchan por la nuestra.
Un compatriota mío, José María Arguedas, llamó al Perú el país de “todas las sangres”. No creo que haya fórmula que lo defina mejor. Eso somos y eso llevamos dentro todos los peruanos, nos guste o no: una suma de tradiciones, razas, creencias y culturas procedentes de los cuatro puntos cardinales. A mí me enorgullece sentirme heredero de las culturas prehispánicas que fabricaron los tejidos y mantos de plumas de Nazca y Paracas y los ceramios mochicas o incas que se exhiben en los mejores museos del mundo, de los constructores de Machu Picchu, el Gran Chimú, Chan Chan, Kuelap, Sipán, las huacas de La Bruja y del Sol y de la Luna, y de los españoles que, con sus alforjas, espadas y caballos, trajeron al Perú a Grecia, Roma, la tradición judeo-cristiana, el Renacimiento, Cervantes, Quevedo y Góngora, y la lengua recia de Castilla que los Andes dulcificaron. Y de que con España llegara también el África con su reciedumbre, su música y su efervescente imaginación a enriquecer la heterogeneidad peruana. Si escarbamos un poco descubrimos que el Perú, como el Aleph de Borges, es en pequeño formato el mundo entero. ¡Qué extraordinario privilegio el de un país que no tiene una identidad porque las tiene todas!
La conquista de América fue cruel y violenta, como todas las conquistas, desde luego, y debemos criticarla, pero sin olvidar, al hacerlo, que quienes cometieron aquellos despojos y crímenes fueron, en gran número, nuestros bisabuelos y tatarabuelos, los españoles que fueron a América y allí se acriollaron, no los que se quedaron en su tierra. Aquellas críticas, para ser justas, deben ser una autocrítica. Porque, al independizarnos de España, hace doscientos años, quienes asumieron el poder en las antiguas colonias, en vez de redimir al indio y hacerle justicia por los antiguos agravios, siguieron explotándolo con tanta codicia y ferocidad como los conquistadores, y, en algunos países, diezmándolo y exterminándolo. Digámoslo con toda claridad: desde hace dos siglos la emancipación de los indígenas es una responsabilidad exclusivamente nuestra y la hemos incumplido. Ella sigue siendo una asignatura pendiente en toda América Latina. No hay una sola excepción a este oprobio y vergüenza.
Quiero a España tanto como al Perú y mi deuda con ella es tan grande como el agradecimiento que le tengo. Si no hubiera sido por España jamás hubiera llegado a esta tribuna, ni a ser un escritor conocido, y tal vez, como tantos colegas desafortunados, andaría en el limbo de los escribidores sin suerte, sin editores, ni premios, ni lectores, cuyo talento acaso –triste consuelo– descubriría algún día la posteridad. En España se publicaron todos mis libros, recibí reconocimientos exagerados, amigos como Carlos Barral y Carmen Balcells y tantos otros se desvivieron porque mis historias tuvieran lectores. Y España me concedió una segunda nacionalidad cuando podía perder la mía. Jamás he sentido la menor incompatibilidad entre ser peruano y tener un pasaporte español porque siempre he sentido que España y el Perú son el anverso y el reverso de una misma cosa, y no sólo en mi pequeña persona, también en realidades esenciales como la historia, la lengua y la cultura.
De todos los años que he vivido en suelo español, recuerdo con fulgor los cinco que pasé en la querida Barcelona a comienzos de los años setenta. La dictadura de Franco estaba todavía en pie y aún fusilaba, pero era ya un fósil en hilachas, y, sobre todo en el campo de la cultura, incapaz de mantener los controles de antaño. Se abrían rendijas y resquicios que la censura no alcanzaba a parchar y por ellas la sociedad española absorbía nuevas ideas, libros, corrientes de pensamiento y valores y formas artísticas hasta entonces prohibidos por subversivos. Ninguna ciudad aprovechó tanto y mejor que Barcelona este comienzo de apertura ni vivió una efervescencia semejante en todos los campos de las ideas y la creación. Se convirtió en la capital cultural de España, el lugar donde había que estar para respirar el anticipo de la libertad que se vendría. Y, en cierto modo, fue también la capital cultural de América Latina por la cantidad de pintores, escritores, editores y artistas procedentes de los países latinoamericanos que allí se instalaron, o iban y venían a Barcelona, porque era donde había que estar si uno quería ser un poeta, novelista, pintor o compositor de nuestro tiempo. Para mí, aquellos fueron unos años inolvidables de compañerismo, amistad, conspiraciones y fecundo trabajo intelectual. Igual que antes París, Barcelona fue una Torre de Babel, una ciudad cosmopolita y universal, donde era estimulante vivir y trabajar, y donde, por primera vez desde los tiempos de la guerra civil, escritores españoles y latinoamericanos se mezclaron y fraternizaron, reconociéndose dueños de una misma tradición y aliados en una empresa común y una certeza: que el final de la dictadura era inminente y que en la España democrática la cultura sería la protagonista principal.
Aunque no ocurrió así exactamente, la transición española de la dictadura a la democracia ha sido una de las mejores historias de los tiempos modernos, un ejemplo de como, cuando la sensatez y la racionalidad prevalecen y los adversarios políticos aparcan el sectarismo en favor del bien común, pueden ocurrir hechos tan prodigiosos como los de las novelas del realismo mágico. La transición española del autoritarismo a la libertad, del subdesarrollo a la prosperidad, de una sociedad de contrastes económicos y desigualdades tercermundistas a un país de clases medias, su integración a Europa y su adopción en pocos años de una cultura democrática, ha admirado al mundo entero y disparado la modernización de España. Ha sido para mí una experiencia emocionante y aleccionadora vivirla de muy cerca y a ratos desde dentro. Ojalá que los nacionalismos, plaga incurable del mundo moderno y también de España, no estropeen esta historia feliz.
Detesto toda forma de nacionalismo, ideología –o, más bien, religión– provinciana, de corto vuelo, excluyente, que recorta el horizonte intelectual y disimula en su seno prejuicios étnicos y racistas, pues convierte en valor supremo, en privilegio moral y ontológico, la circunstancia fortuita del lugar de nacimiento. Junto con la religión, el nacionalismo ha sido la causa de las peores carnicerías de la historia, como las de las dos guerras mundiales y la sangría actual del Medio Oriente. Nada ha contribuido tanto como el nacionalismo a que América Latina se haya balcanizado, ensangrentado en insensatas contiendas y litigios y derrochado astronómicos recursos en comprar armas en vez de construir escuelas, bibliotecas y hospitales.
No hay que confundir el nacionalismo de orejeras y su rechazo del “otro”, siempre semilla de violencia, con el patriotismo, sentimiento sano y generoso, de amor a la tierra donde uno vio la luz, donde vivieron sus ancestros y se forjaron los primeros sueños, paisaje familiar de geografías, seres queridos y ocurrencias que se convierten en hitos de la memoria y escudos contra la soledad. La patria no son las banderas ni los himnos, ni los discursos apodícticos sobre los héroes emblemáticos, sino un puñado de lugares y personas que pueblan nuestros recuerdos y los tiñen de melancolía, la sensación cálida de que, no importa donde estemos, existe un hogar al que podemos volver.
El Perú es para mí una Arequipa donde nací pero nunca viví, una ciudad que mi madre, mis abuelos y mis tíos me enseñaron a conocer a través de sus recuerdos y añoranzas, porque toda mi tribu familiar, como suelen hacer los arequipeños, se llevó siempre a la Ciudad Blanca con ella en su andariega existencia. Es la Piura del desierto, el algarrobo y el sufrido burrito, al que los piuranos de mi juventud llamaban “el pie ajeno” –lindo y triste apelativo–, donde descubrí que no eran las cigüeñas las que traían los bebes al mundo sino que los fabricaban las parejas haciendo unas barbaridades que eran pecado mortal. Es el Colegio San Miguel y el Teatro Variedades donde por primera vez vi subir al escenario una obrita escrita por mí. Es la esquina de Diego Ferré y Colón, en el Miraflores limeño –la llamábamos el Barrio Alegre–, donde cambié el pantalón corto por el largo, fumé mi primer cigarrillo, aprendí a bailar, a enamorar y a declararme a las chicas. Es la polvorienta y temblorosa redacción del diario La Crónica donde, a mis dieciséis años, velé mis primeras armas de periodista, oficio que, con la literatura, ha ocupado casi toda mi vida y me ha hecho, como los libros, vivir más, conocer mejor el mundo y frecuentar a gente de todas partes y de todos los registros, gente excelente, buena, mala y execrable. Es el Colegio Militar Leoncio Prado, donde aprendí que el Perú no era el pequeño reducto de clase media en el que yo había vivido hasta entonces confinado y protegido, sino un país grande, antiguo, enconado, desigual y sacudido por toda clase de tormentas sociales. Son las células clandestinas de Cahuide en las que con un puñado de sanmarquinos preparábamos la revolución mundial. Y el Perú son mis amigos y amigas del Movimiento Libertad con los que por tres años, entre las bombas, apagones y asesinatos del terrorismo, trabajamos en defensa de la democracia y la cultura de la libertad.
El Perú es Patricia, la prima de naricita respingada y carácter indomable con la que tuve la fortuna de casarme hace 45 años y que todavía soporta las manías, neurosis y rabietas que me ayudan a escribir. Sin ella mi vida se hubiera disuelto hace tiempo en un torbellino caótico y no hubieran nacido Álvaro, Gonzalo, Morgana ni los seis nietos que nos prolongan y alegran la existencia. Ella hace todo y todo lo hace bien. Resuelve los problemas, administra la economía, pone orden en el caos, mantiene a raya a los periodistas y a los intrusos, defiende mi tiempo, decide las citas y los viajes, hace y deshace las maletas, y es tan generosa que, hasta cuando cree que me riñe, me hace el mejor de los elogios: “Mario, para lo único que tú sirves es para escribir”.
Volvamos a la literatura. El paraíso de la infancia no es para mí un mito literario sino una realidad que viví y gocé en la gran casa familiar de tres patios, en Cochabamba, donde con mis primas y compañeros de colegio podíamos reproducir las historias de Tarzán y de Salgari, y en la Prefectura de Piura, en cuyos entretechos anidaban los murciélagos, sombras silentes que llenaban de misterio las noches estrelladas de esa tierra caliente. En esos años, escribir fue jugar un juego que me celebraba la familia, una gracia que me merecía aplausos, a mí, el nieto, el sobrino, el hijo sin papá, porque mi padre había muerto y estaba en el cielo. Era un señor alto y buen mozo, de uniforme de marino, cuya foto engalanaba mi velador y a la que yo rezaba y besaba antes de dormir. Una mañana piurana, de la que todavía no creo haberme recobrado, mi madre me reveló que aquel caballero, en verdad, estaba vivo. Y que ese mismo día nos iríamos a vivir con él, a Lima. Yo tenía once años y, desde entonces, todo cambió. Perdí la inocencia y descubrí la soledad, la autoridad, la vida adulta y el miedo. Mi salvación fue leer, leer los buenos libros, refugiarme en esos mundos donde vivir era exaltante, intenso, una aventura tras otra, donde podía sentirme  libre y volvía a ser feliz. Y fue escribir, a escondidas, como quien se entrega a un vicio inconfensable, a una pasión prohibida. La literatura dejó de ser un juego. Se volvió una manera de resistir la adversidad, de protestar, de rebelarme, de escapar a lo intolerable, mi razón de vivir. Desde entonces y hasta ahora, en todas las circunstancias en que me he sentido abatido o golpeado, a orillas de la desesperación, entregarme en cuerpo y alma a mi trabajo de fabulador ha sido la luz que señala la salida del túnel, la tabla de salvación que lleva al náufrago a la playa.
Aunque me cuesta mucho trabajo y me hace sudar la gota gorda, y, como todo escritor, siento a veces la amenaza de la parálisis, de la sequía de la imaginación, nada me ha hecho gozar en la vida tanto como pasarme los meses y los años construyendo una historia, desde su incierto despuntar, esa imagen que la memoria almacenó de alguna experiencia vivida, que se volvió un desasosiego, un entusiasmo, un fantaseo que germinó luego en un proyecto y en la decisión de intentar convertir esa niebla agitada de fantasmas en una historia. “Escribir es una manera de vivir”, dijo Flaubert. Sí, muy cierto, una manera de vivir con ilusión y alegría y un fuego chisporroteante en la cabeza, peleando con las palabras díscolas hasta amaestrarlas, explorando el ancho mundo como un cazador en pos de presas codiciables para alimentar la ficción en ciernes y aplacar ese apetito voraz de toda historia que al crecer quisiera tragarse todas las historias. Llegar a sentir el vértigo al que nos conduce una novela en gestación, cuando toma forma y parece empezar a vivir por cuenta propia, con personajes que se mueven, actúan, piensan, sienten y exigen respeto y consideración, a los que ya no es posible imponer arbitrariamente una conducta, ni privarlos de su libre albedrío sin matarlos, sin que la historia pierda poder de persuasión, es una experiencia que me sigue hechizando como la primera vez, tan plena y vertiginosa como hacer el amor con la mujer amada días, semanas y meses, sin cesar.
Al hablar de la ficción, he hablado mucho de la novela y poco del teatro, otra de sus formas excelsas. Una gran injusticia, desde luego. El teatro fue mi primer amor, desde que, adolescente, vi en el Teatro Segura, de Lima, La muerte de un viajante, de Arthur Miller, espectáculo que me dejó traspasado de emoción y me precipitó a escribir un drama con incas. Si en la Lima de los cincuenta hubiera habido un movimiento teatral habría sido dramaturgo antes que novelista. No lo había y eso debió orientarme cada vez más hacia la narrativa. Pero mi amor por el teatro nunca cesó, dormitó acurrucado a la sombra de las novelas, como una tentación y una nostalgia, sobre todo cuando veía alguna pieza subyugante. A fines de los setenta, el recuerdo pertinaz de una tía abuela centenaria, la Mamaé, que, en los últimos años de su vida, cortó con la realidad circundante para refugiarse en los recuerdos y la ficción, me sugirió una historia. Y sentí, de manera fatídica, que aquella era una historia para el teatro, que sólo sobre un escenario cobraría la animación y el esplendor de las ficciones logradas. La escribí con el temblor excitado del principiante y gocé tanto viéndola en escena, con Norma Aleandro en el papel de la heroína, que, desde entonces, entre novela y novela, ensayo y ensayo, he reincidido varias veces. Eso sí, nunca imaginé que, a mis setenta años, me subiría (debería decir mejor me arrastraría) a un escenario a actuar. Esa temeraria aventura me hizo vivir por primera vez en carne y hueso el milagro que es, para alguien que se ha pasado la vida escribiendo ficciones, encarnar por unas horas a un personaje de la fantasía, vivir la ficción delante de un público. Nunca podré agradecer bastante a mis queridos amigos, el director Joan Ollé y la actriz Aitana Sánchez Gijón, haberme animado a compartir con ellos esa fantástica experiencia (pese al pánico que la acompañó).
La literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a entenderla mejor, a orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos. Ella nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos, al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la gran mayoría de los seres humanos, principalmente aquellos que alentamos más dudas que certezas, y confesamos nuestra perplejidad ante temas como la trascendencia, el destino individual y colectivo, el alma, el sentido o el sinsentido de la historia, el más acá y el más allá del conocimiento racional.
Siempre me ha fascinado imaginar aquella incierta circunstancia en que nuestros antepasados, apenas diferentes todavía del animal, recién nacido el lenguaje que les permitía comunicarse, empezaron, en las cavernas, en torno a las hogueras, en noches hirvientes de amenazas –rayos, truenos, gruñidos de las fieras–, a inventar historias y a contárselas. Aquel fue el momento crucial de nuestro destino, porque, en esas rondas de seres primitivos suspensos por la voz y la fantasía del contador, comenzó la civilización, el largo transcurrir que poco a poco nos humanizaría y nos llevaría a inventar al individuo soberano y a desgajarlo de la tribu, la ciencia, las artes, el derecho, la libertad, a escrutar las entrañas de la naturaleza, del cuerpo humano, del espacio y a viajar a las estrellas. Aquellos cuentos, fábulas, mitos, leyendas, que resonaron por primera vez como una música nueva ante auditorios intimidados por los misterios y peligros de un mundo donde todo era desconocido y peligroso, debieron ser un baño refrescante, un remanso para esos espíritus siempre en el quién vive, para los que existir quería decir apenas comer, guarecerse de los elementos, matar y fornicar. Desde que empezaron a soñar en colectividad, a compartir los sueños, incitados por los contadores de cuentos, dejaron de estar atados a la noria de la supervivencia, un remolino de quehaceres embrutecedores, y su vida se volvió sueño, goce, fantasía y un designio revolucionario: romper aquel confinamiento y cambiar y mejorar, una lucha para aplacar aquellos deseos y ambiciones que en ellos azuzaban las vidas figuradas, y la curiosidad por despejar las incógnitas de que estaba constelado su entorno.
Ese proceso nunca interrumpido se enriqueció cuando nació la escritura y las historias, además de escucharse, pudieron leerse y alcanzaron la permanencia que les confiere la literatura. Por eso, hay que repetirlo sin tregua hasta convencer de ello a las nuevas generaciones: la ficción es más que un entretenimiento, más que un ejercicio intelectual que aguza la sensibilidad y despierta el espíritu crítico. Es una necesidad imprescindible para que la civilización siga existiendo, renovándose y conservando en nosotros lo mejor de lo humano. Para que no retrocedamos a la barbarie de la incomunicación y la vida no se reduzca al pragmatismo de los especialistas que ven las cosas en profundidad pero ignoran lo que las rodea, precede y continúa. Para que no pasemos de servirnos de las máquinas que inventamos a ser sus sirvientes y esclavos. Y porque un mundo sin literatura sería un mundo sin deseos ni ideales ni desacatos, un mundo de autómatas privados de lo que hace que el ser humano sea de veras humano: la capacidad de salir de sí mismo y mudarse en otro, en otros, modelados con la arcilla de nuestros sueños.
De la caverna al rascacielos, del garrote a las armas de destrucción masiva, de la vida tautológica de la tribu a la era de la globalización, las ficciones de la literatura han multiplicado las experiencias humanas, impidiendo que hombres y mujeres sucumbamos al letargo, al ensimismamiento, a la resignación. Nada ha sembrado tanto la inquietud, removido tanto la imaginación y los deseos, como esa vida de mentiras que añadimos a la que tenemos gracias a la literatura para protagonizar las grandes aventuras, las grandes pasiones, que la vida verdadera nunca nos dará. Las mentiras de la literatura se vuelven verdades a través de nosotros, los lectores transformados, contaminados de anhelos y, por culpa de la ficción, en permanente entredicho con la mediocre realidad. Hechicería que, al ilusionarnos con tener lo que no tenemos, ser lo que no somos, acceder a esa imposible existencia donde, como dioses paganos, nos sentimos terrenales y eternos a la vez, la literatura introduce en nuestros espíritus la inconformidad y la rebeldía, que están detrás de todas las hazañas que han contribuido a disminuir la violencia en las relaciones humanas. A disminuir la violencia, no a acabar con ella. Porque la nuestra será siempre, por fortuna, una historia inconclusa. Por eso tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo, la más eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar nuestra condición perecedera, de derrotar a la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible.
Estocolmo, 7 de diciembre de 2010.

02 diciembre 2010

TORRELLES INTEGRADO

La Asociación de Promotores Públicos
de Vivienda y Suelo entrega sus galardones
bianuales y el Premio a la Mejor Edificación
en Obra Nueva ha sido para
el Proyecto de Construcción de 48
Viviendas en Torrelles de Llobregat,
en el Sector Can Coll, edificios 9-
10-11-12, del Instituto Metropolitano
de Promoción de Suelo yGestión
Patrimonial (IMPSOL).
                                                   El jurado consideró «la excelente
                                                   integración en el paisaje, utilizando
                                                   el color como herramienta para
                                                   mimetizarse con la zona e integrar
                                                   mejor el bloque tipo –de reminiscencias
                                                   urbanas– en un entorno rural».
                                                   Se valoró, igualmente, de manera
                                                   muy positiva, «la utilización de
                                                   medios racionales de construcción y
                                                   organización,mezclando elementos
                                                   convencionales y nuevos, haciendo
                                                   que la profundidad de las edificaciones
                                                   permita un adecuado asoleo y
                                                   una buena ventilación cruzada».
También se valoró la utilización de
medidas de implementación eco-biológica,
como la «utilización real de
materiales biodegradables y reciclables
y el aislamiento térmico del edificio
superior al normativo (pequeño
incremento de gasto y ahorro para
el medio ambiente)», según el jurado.
Todo un ejemplo a seguir que desde Madripolis aplaudimos ..
PLAS, PLAS PLAS...